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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Infancia

Las alegres y pueriles risas henchían el aire en un día apacible del cálido estío, mientras las ruedas de la bicicleta giraban y giraban al compás de las más disparatadas piruetas. El camino desfilaba ante nosotros en una sucesión sin fin de árboles, ramas y campos teñidos de tonos multicolor.


Solíamos acomodar las bicicletas en la entrada a los viejos depósitos renegridos del ferrocarril, donde nuestra fantasía revoloteaba por los más recónditos rincones del destartalado y ruinoso inmueble. Las telas de araña bailoteaban al son del viento que se filtraba por los vidrios destrozados.


Al fondo , el intercambiador (aparato que permutaba el sentido de la máquina) nos desplazaba en el tiempo a un mundo remoto en el cual nosotros gobernábamos el artilugio a nuestro antojo, ora para aquí, ora para allá.


Los vagones estáticos, herrumbrosos y desvencijados daban paso al interior de confortables asientos en los que nos acomodábamos aguardando arrancar. La rodadura mecánica de las ruedas era pasto de la fuga ( tal vez no casual )de los rodamientos que se mudaban en artefactos provechosos y eficaces (no existían mejores canicas).


La iconografía variada del tren se desvanecía enigmáticamente para reaparecer visible y lustrosa, quien sabe si al lado de un póster del Gran Héroe Americano.
Y ya para terminar, no debemos obviar ese maravilloso y desconchado armario en el cual una pila de vetustas y apergaminadas revistas amontonadas nos instruyó en nuestra educación revelándonos el camino secreto hacia la gloria.

jueves, 27 de mayo de 2010

Vidas malogradas

Una mirada opaca, vidriosa, sin luz ni certidumbre. Amasijo de piel seca y huesos acentuados postrados en un lecho árido de tierra y guijarros. Músculos extenuados incapaces ni de parpadear cuelgan flojos e inertes. Un pulso errático, cada vez más remiso lucha por bombear sangre a un frágil corazón. La respiración se convierte en un arduo combate de supervivencia. Piernas hinchadas, pies inflamados y mórbidos que no retornarán jamás al hogar. La luz de la existencia abandona exangüe su figura escapándose por todos los resquicios de su yermo cuerpo. Presagia el fin y suspira quedamente entretanto el alma se evapora y corretea hacia un mundo donde la oportunidad no sea un don privilegiado.

Miles de personas sucumben cada jornada relegadas a una triste cifra. Seres con vida propia y valiosa como la que más. Vidas malogradas ya antes de su origen.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Olvido

La tormenta se aproxima vertiginosa. En unos pocos minutos, relámpagos y rayos se suceden en un extraño baile de fantasmagóricos centelleos. Arrecia la lluvia y cientos de gotas golpean el cristal en un repiquetear constante y monótono.

De pronto un frenazo brusco y un taxista que vocifera y gesticula en un sinfín de malsonantes acordes inteligibles, entretanto en la otra acera, un gato observa orejas en alto entre curioso y extrañado el gutural bramido del paquidérmico taxista.

El cielo plomizo descarga sin clemencia ríos de agua, que bajan por las calles formando torrentes de barro y suciedad . Contornos borrosos corren a cobijarse bajo las cornisas.
Los semáforos cambian de color constantemente siguiendo una extraña e imprevista coreografía mientras un peatón asiste asombrado y taciturno al inesperado bailoteo, sumido en un mar de dudas.
Las hojas y las ramas de los árboles surcan el aire en una espiral de
pequeños remolinos que se elevan del suelo varios metros.

Unos ojos opacos, sin brillo y desgastados por el avanzar de los años se esfuerzan en contemplar a través del alféizar de la ventana el paso del tiempo mientras los minutos pasan despaciosamente ante sus fatigados y melancólicos ojos.
Día tras día se esfuerzan por ver algo diferente que dé sentido a su vivir, un atisbo de esperanza en un mar de lágrimas que se aferran al corazón en una sempiterna aflicción.
Las risas de su juventud, el júbilo y la dicha, ilusorias esperanzas lejanas,
añoranzas extraviadas y enjauladas tras cuatro paredes de una ciudad cualquiera y de un hombre sin nombre.
Cual juguete roto, viejo y ajado que tirado en el rincón se desvanece en el más absoluto olvido.