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jueves, 27 de mayo de 2010

Vidas malogradas

Una mirada opaca, vidriosa, sin luz ni certidumbre. Amasijo de piel seca y huesos acentuados postrados en un lecho árido de tierra y guijarros. Músculos extenuados incapaces ni de parpadear cuelgan flojos e inertes. Un pulso errático, cada vez más remiso lucha por bombear sangre a un frágil corazón. La respiración se convierte en un arduo combate de supervivencia. Piernas hinchadas, pies inflamados y mórbidos que no retornarán jamás al hogar. La luz de la existencia abandona exangüe su figura escapándose por todos los resquicios de su yermo cuerpo. Presagia el fin y suspira quedamente entretanto el alma se evapora y corretea hacia un mundo donde la oportunidad no sea un don privilegiado.

Miles de personas sucumben cada jornada relegadas a una triste cifra. Seres con vida propia y valiosa como la que más. Vidas malogradas ya antes de su origen.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Olvido

La tormenta se aproxima vertiginosa. En unos pocos minutos, relámpagos y rayos se suceden en un extraño baile de fantasmagóricos centelleos. Arrecia la lluvia y cientos de gotas golpean el cristal en un repiquetear constante y monótono.

De pronto un frenazo brusco y un taxista que vocifera y gesticula en un sinfín de malsonantes acordes inteligibles, entretanto en la otra acera, un gato observa orejas en alto entre curioso y extrañado el gutural bramido del paquidérmico taxista.

El cielo plomizo descarga sin clemencia ríos de agua, que bajan por las calles formando torrentes de barro y suciedad . Contornos borrosos corren a cobijarse bajo las cornisas.
Los semáforos cambian de color constantemente siguiendo una extraña e imprevista coreografía mientras un peatón asiste asombrado y taciturno al inesperado bailoteo, sumido en un mar de dudas.
Las hojas y las ramas de los árboles surcan el aire en una espiral de
pequeños remolinos que se elevan del suelo varios metros.

Unos ojos opacos, sin brillo y desgastados por el avanzar de los años se esfuerzan en contemplar a través del alféizar de la ventana el paso del tiempo mientras los minutos pasan despaciosamente ante sus fatigados y melancólicos ojos.
Día tras día se esfuerzan por ver algo diferente que dé sentido a su vivir, un atisbo de esperanza en un mar de lágrimas que se aferran al corazón en una sempiterna aflicción.
Las risas de su juventud, el júbilo y la dicha, ilusorias esperanzas lejanas,
añoranzas extraviadas y enjauladas tras cuatro paredes de una ciudad cualquiera y de un hombre sin nombre.
Cual juguete roto, viejo y ajado que tirado en el rincón se desvanece en el más absoluto olvido.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Ensoñaciones

Sin más ruido que el sordo golpear de mis zapatos en el suelo me dirijo sin rumbo por sus callejuelas quedas y mudas, reminiscencia de tiempos pasados. Los largos y fríos dedos de la noche van entretejiendo entre si un hilo invisible de perpetua penumbra. Un sempiterno manto níveo, húmedo y suave va envolviendo a su paso todo lo que me rodea. Al fondo, puedo divisar entre faroles de fantasmales luces tenues una vaporosa sombra que se desliza y huye en la más profunda negrura.


A través del cristal y por un pequeño hueco, inclinado sobre su regazo un zapatero contempla su obra a la vez que solloza sin consuelo, hundido en la vorágine del mal llamado progreso. Se levanta fatigosamente y suspira quedamente mientras sus lágrimas caen por el abismo de su esencia, hecha añicos. Como otras tantas veces y antes de ir a dormir, mira abrumado los recuerdos de su vida que esparcidos y amontonados por el suelo parecen ya lejanos en el olvido.


Mientras, cerca de allí, un fogonero se deja caer sudoroso y extenuado sobre una pila de renegrido carbón. Se frota los ojos con sus encallecidas y laceradas manos mientras sus pensamientos vagan difusos en otra vida que no tendrá. Baja del tren y recorre el camino a casa, donde le espera un plato frío y un hueco en su cama. Lava su cara en un vano intento de borrar las huellas dejadas por esa muerte negra, turba asesina que todas las mañanas le hace toser y sudar. Un alma errante de negro destino.


En la calle un cristal roto, pasos atropellados y risas infantiles. Alguien toca el silbato, se alejan los pasos y mueren las risas. Por la esquina aparece un sereno. Todo silencio.


En el callejón del Oso, oculto en las sombras, un gato vigilante acecha a su presa esperando dar el golpe definitivo. El cuerpo tenso, el corazón desbocado, la mirada fija. No hay escapatoria posible.